Por quinta vez volví a empezar a novela La broma infinita, de David Foster Wallace, y me parece que este libro se encamina, sin lugar a dudas, a convertirse en un clásico de la literatura universal.
He releído varias veces algunos fragmentos y lo he comprobado: cada vez que los vuelves a leer encuentras algo que podría entender cualquiera en cualquier momento de la historia (inmemorial, universal y ¿?).
Antes de empezar, recuerden esto: La película La broma infinita V? que se menciona en dicho libro es la lectura del libro La broma infinita.
Ahora sí.
Lo que el escritor pretender hacer es romper la quinta pared cuando el lector interactúa con los personajes, lo que significa que el lector comienza a ser participe de la novela y sucede que entra en un juego entre él, la o los personajes. Como sucede en el cine o en el teatro, el lector tiene prohibido interactuar con el escritor (en este caso DFW) de la obra. Si eso sucediera, entonces, se accionaría el armamento, “el arma perfecta por la que todos se enzarzarían en la Guerra Final por el control de América”.
Por ejemplo, en mi caso que elegí la metáfora del juego para representar el rompimiento de la quinta pared enloquecería al momento de buscar todas las referencias en el libro sobre juego, o frases y citas con la palabra “juego” e intentar darles un sentido para entender el tema de la novela.
El narrador cambia de lugar con el lector que entra al juego y sigue las reglas. “Mario es básicamente un oyente nato. Un aspecto positivo de estar visiblemente impedido es que a veces la gente se olvida de que uno está ahí; incluso si están interfaceando contigo (p. 96). [Ejemplo de un tipo ideal de narrador imaginado por el lector].
Y en mi caso, por mi contexto histórico-social, pongo especial atención en el narrador (que entra y sale de personaje) para entender de qué trata el libro y esto está relacionado directamente con la herramienta tecnológica con la que el escritor escribe lo que se describe: una computadora.
“Año de la Ropa Interior para Adultos Depend: Tel Entertaiment InterLace, 932/1864 RISC power-teleordenador con o sin consola, Pink2 diseminación post-Primerstar DSS, menús e iconos, Internet Fax libre de pixel, tri y quad-módems con bauidos ajustables, Parrillas de Diseminación, pantallas de tan alta fidelidad que uno podría estar allí dentro, conferencias videofónicas a bajo coste, CD-ROM interno Froxxx, couture electrónica, consolas todo-en-uno, nanoprocesadores Yushityu, cromo fotografía láser, tarjetas de medios de capacidad Virtual, pulsación fibra-óptica, codificación digital, aplicaciones cojonudas, neuralgia carpas, migrañas fosfóricas, hipodiposidad gluteal, estrés lumbar” (p. 73).
Porque entonces, ¿el narrador es mi rival sólo porque decidí como una entusiasta lectora cualquiera guiarme por la metáfora del juego? Y, entonces, ¿quién es?: ¿un narrador universal, es Hal? Y si es los dos y sólo cambia de vez en cuando. ¿Cuándo cambia de lugar y de qué manera?
Es un juego pesado seguir esta narrativa de lector activo, uno ve al narrador (más que ominisciente, sólo general) como a Gerhardt Schtitt -como entrenador de tenis- como su rival en el campo: “Una de las razones por las que el difunto James Incandenza había insistido tanto en contratar a Schtitt en la AET era que Schtitt, al igual que el mismo fundador (que había vuelto al tenis y luego al cine tras un pasado de óptico basado en las matemáticas puras), entendía el tenis de competición más como un matemático puro que como un técnico. La mayoría de los entrenadores de tenis juvenil son básicamente técnicos, gente que cree en resolver los problemas que puedan presentar los datos estadísticos con la práctica pura y dura, y que tienden por añadidura a la psicología de estar por casa y a los discursitos motivaciones. La opinión de Schtitt de que…" (p. ?)
Al ser el narrador un personaje principal del libro La Broma Infinita –y no sólo el Narrador– y hacer el cambio de personaje principal con el lector al momento de romper la quinta pared, hace que uno como lector se sienta siempre un paso atrás de él aunque sea narrador/personaje, aunque este parezca inactivo: “Aunque inevitablemente será alguien no cualificado y sin licencia –un ayudante de enfermera con las uñas comidas o un tipo de la seguridad del hospital o un ordenanza cubano y cansado– el que se dirigirá a mí con un «Eh, chico», interrumpiendo una tarea pesada y aburrida, verá lo que supone que es mi ojo y me preguntará: «Y, tú, chico, ¿cuál es tu historia?». (p.26)
Así cree el lector que el escritor lo ve y el narrador lo voltea a ver –al romperse la quinta pared (por eso no me refiero a la cuarta pared, como sucede en el cine o en el teatro)– y éste le pregunta sobre su historia, su perspectiva, con el disfraz del supuesto genérico lector imaginado por el propio lector. Porque en el juego cambiamos constantemente de lugar, pero es cuestión del lector y el conocimiento de sus limitaciones. ¿Eres de los que crees que el escritor/narrador/jugador siempre es más inteligente que el lector/jugador? sólo porque no tiene que estar buscando cada 5 minutos una palabra nueva en el diccionario?
“Dios santo… parece que ella no exageraba. En la academia suelen pegarme por cosas así. ¿Tiene eso que ver con mi presencia aquí? El hecho de que soy un jugador junior de tenis con una buena posición en el ranking nacional que también puede recitar de memoria largos párrafos del diccionario, verbatim, a voluntad, y a quien le suelen pegar y que usa corbata de lazo? ¿Es usted un especialista en chicos superdotados? ¿Significa que creen de verdad que soy un chico superdotado?” (p.37)
Al intentarnos poner en los zapatos de este personaje de niño superdotado hay un cambio entre escritor/narrador/jugador y lector/jugador; cambios que vemos en analogías y descripciones. Como para cachar el calibre del cambio: “(…) ¿Dónde están las fronteras si no son líneas de saque que contienen y dirigen su expansión infinita hacia dentro, lo que hace hermoso e infinitamente denso al tenis, como una especie de ajedrez a la carrera?” (p. 100)
La importancia en la selección de las metáforas y analogías en la lectura de La Broma Infinita radican que la guerra ocurre (también) en el campo de la gramática: “El sindicato de gramáticos teóricos de Cambridge (…). Documental de entrevistas a pie de foto con participantes en el debate público entre Steven Pinker y Avril Incandenza sobre las implicaciones políticas de la gramática prescriptiva durante la infame convención de Gramáticos Militantes de Massachusetts, de la que consta contribuyó a incitar los disturbios lingüísticos del MIT en 1997…” (p. 1098).
Tú sabrás cuándo sobrepasas la línea y deja de ser un juego para convertirse, ahora sí, en la Guerra Final: Y que el deporte juvenil no es más que una faceta de la verdadera gema: la guerra inacabable de la vida contra el yo sin el cual no puedes vivir.
Cuando digo que la novela es un intento de rompimiento de la quinta pared y no de la cuarta pared me refiero a que el escritor David Foster Wallace no tiene contacto con el lector y además no se lee dramatizadamente, como se lee en un pie de página (porque, además, el libro es autorreferencial): “El fallecimiento ocurrió durante la postproducción. La mayoría de las autoridades archiveras la clasificarían como inacabada e inédita… Los archiveros de la Costa Oeste indican (…) «experimentos radicales en la perspectiva óptica y el contexto de los espectadores» que presumiblemente son la característica esencial de LBI (V?)”. (p. 1106)
Y que cierta cita refuerza lo que creo de este libro: “Quién rezaba a diario para que llegara el día en que su propio, querido y malogrado padre se sentara, tosiera, abriera su condenado ejemplar del Tucson Citizen y no lo convirtiera en la quinta pared de la habitación? ¿Y quién tras todo este ruido y esta furia al parecer sólo ha logrado el mismo silencio? (…) ¿que siempre ha vivido toda esta vida dura, atroz e impía en habitaciones de cinco paredes?”. (p. 41)
David Foster Wallace dota al narrador de personalidad; como si el narrador dijera, «eh, yo también tengo mi corazoncito».

La “quinta pared” hace referencia a que el lector sólo sabrá a qué se refieren los capítulos de acuerdo a lo que ha vivido y es medianamente consciente de su contexto socio-cultural. Como dice otro pie de página [me acordé de la película Legalmente rubia, cuando un personaje dice que en tal clase los pies de página son súper importantes, y lo dice de manera amenazante] [mi pasado paréntesis cuadrado es un guiño a lo que sé del autor de la novela, David Foster Wallace, que sabía o tenía estudios sobre los medios de comunicación de masas; y que a su vez hace referencia a lo que escribí al principio de este párrafo: la importancia del contexto y “perspectiva óptica” del lector para poner en movimiento la novela (y saber de qué trata)]:
“…y finalmente, algunos de sus proyectos altamente conceptuales requerían que se les pusiera un título y se les sometiera a la crítica, pero no fueran nunca filmados, haciendo que su estatus como obras de cine esté sujeto a controversia”. (p. 1096)
Por lo tanto, la figura del narrador es muy importante, quien parece que sale y entra de la novela, como cuando en el teatro un personaje rompe la cuarta pared para interactuar con el público y hacerlo parte de la puesta en escena. A continuación una cita que lo comprueba: “…Este Guillaume DuPlessis pasó tristemente a la otra vida, y allí permaneció sentado, en la silla de la cocina, a doscientos cincuenta clics al este de algún follaje otoñal realmente espectacular, durante casi dos días y dos noches…” (p. 73). Como si también pudiéramos ver un poco del contexto del escritor/narrador; tipo, «ya me aburrí y no encuentro un sustantivo adecuado y en el Autocad donde hice la supercasa del canadiense me aparecen tantos clics, ¡ingesu!». (Eso es creatividad).
De esta manera la lectura de La broma infinita se convierte en una guerra inganable en la cual debemos competir forzosamente para poder terminar y entender el libro, y cuyo juego sólo tiene un rival: uno mismo. Siempre y sólo el yo que está ahí, en la pista, y ahí se le debe combatir y a quien se le debe llevar a la mesa para fijar los términos. “El chico rival del otro lado de la red no es el enemigo: es más bien tu pareja de baile. Él te sirve de excusa u ocasión para afrontar el yo. Y tú eres la ocasión de él. Las infinitas raíces de la belleza del tenis son autocompetitivas. Compites con tus propios límites para trascender al yo en imaginación y destreza. Desapareces dentro del juego: traspasas límites, trasciendes, mejoras, ganas. Por eso el tenis es una empresa esencialmente trágica: crecer y mejorar como un junior serio, ambicioso. Intentas liquidar y trascender al yo limitado cuyos límites son los que hacen posible ese deporte en primer lugar”. (p. 100)
En mi caso, como lectora, los términos son: el juego, el entretenimiento, la Guerra y la tecnología.
Y respecto a la tecnología: “El munífico tele ordenador del salón también recibe las diseminaciones espontáneas de la Matriz de Pulsaciones por Suscripción de InterLace, pero los procedimientos para encargar pulsaciones espontáneas específicas son tan tecnológica y criptográficamente complejos…” (p. 45)
Ahora sí.
Lo que el escritor pretender hacer es romper la quinta pared cuando el lector interactúa con los personajes, lo que significa que el lector comienza a ser participe de la novela y sucede que entra en un juego entre él, la o los personajes. Como sucede en el cine o en el teatro, el lector tiene prohibido interactuar con el escritor (en este caso DFW) de la obra. Si eso sucediera, entonces, se accionaría el armamento, “el arma perfecta por la que todos se enzarzarían en la Guerra Final por el control de América”.
Por ejemplo, en mi caso que elegí la metáfora del juego para representar el rompimiento de la quinta pared enloquecería al momento de buscar todas las referencias en el libro sobre juego, o frases y citas con la palabra “juego” e intentar darles un sentido para entender el tema de la novela.
El narrador cambia de lugar con el lector que entra al juego y sigue las reglas. “Mario es básicamente un oyente nato. Un aspecto positivo de estar visiblemente impedido es que a veces la gente se olvida de que uno está ahí; incluso si están interfaceando contigo (p. 96). [Ejemplo de un tipo ideal de narrador imaginado por el lector].
Y en mi caso, por mi contexto histórico-social, pongo especial atención en el narrador (que entra y sale de personaje) para entender de qué trata el libro y esto está relacionado directamente con la herramienta tecnológica con la que el escritor escribe lo que se describe: una computadora.
“Año de la Ropa Interior para Adultos Depend: Tel Entertaiment InterLace, 932/1864 RISC power-teleordenador con o sin consola, Pink2 diseminación post-Primerstar DSS, menús e iconos, Internet Fax libre de pixel, tri y quad-módems con bauidos ajustables, Parrillas de Diseminación, pantallas de tan alta fidelidad que uno podría estar allí dentro, conferencias videofónicas a bajo coste, CD-ROM interno Froxxx, couture electrónica, consolas todo-en-uno, nanoprocesadores Yushityu, cromo fotografía láser, tarjetas de medios de capacidad Virtual, pulsación fibra-óptica, codificación digital, aplicaciones cojonudas, neuralgia carpas, migrañas fosfóricas, hipodiposidad gluteal, estrés lumbar” (p. 73).
Porque entonces, ¿el narrador es mi rival sólo porque decidí como una entusiasta lectora cualquiera guiarme por la metáfora del juego? Y, entonces, ¿quién es?: ¿un narrador universal, es Hal? Y si es los dos y sólo cambia de vez en cuando. ¿Cuándo cambia de lugar y de qué manera?
Es un juego pesado seguir esta narrativa de lector activo, uno ve al narrador (más que ominisciente, sólo general) como a Gerhardt Schtitt -como entrenador de tenis- como su rival en el campo: “Una de las razones por las que el difunto James Incandenza había insistido tanto en contratar a Schtitt en la AET era que Schtitt, al igual que el mismo fundador (que había vuelto al tenis y luego al cine tras un pasado de óptico basado en las matemáticas puras), entendía el tenis de competición más como un matemático puro que como un técnico. La mayoría de los entrenadores de tenis juvenil son básicamente técnicos, gente que cree en resolver los problemas que puedan presentar los datos estadísticos con la práctica pura y dura, y que tienden por añadidura a la psicología de estar por casa y a los discursitos motivaciones. La opinión de Schtitt de que…" (p. ?)
Al ser el narrador un personaje principal del libro La Broma Infinita –y no sólo el Narrador– y hacer el cambio de personaje principal con el lector al momento de romper la quinta pared, hace que uno como lector se sienta siempre un paso atrás de él aunque sea narrador/personaje, aunque este parezca inactivo: “Aunque inevitablemente será alguien no cualificado y sin licencia –un ayudante de enfermera con las uñas comidas o un tipo de la seguridad del hospital o un ordenanza cubano y cansado– el que se dirigirá a mí con un «Eh, chico», interrumpiendo una tarea pesada y aburrida, verá lo que supone que es mi ojo y me preguntará: «Y, tú, chico, ¿cuál es tu historia?». (p.26)
Así cree el lector que el escritor lo ve y el narrador lo voltea a ver –al romperse la quinta pared (por eso no me refiero a la cuarta pared, como sucede en el cine o en el teatro)– y éste le pregunta sobre su historia, su perspectiva, con el disfraz del supuesto genérico lector imaginado por el propio lector. Porque en el juego cambiamos constantemente de lugar, pero es cuestión del lector y el conocimiento de sus limitaciones. ¿Eres de los que crees que el escritor/narrador/jugador siempre es más inteligente que el lector/jugador? sólo porque no tiene que estar buscando cada 5 minutos una palabra nueva en el diccionario?
“Dios santo… parece que ella no exageraba. En la academia suelen pegarme por cosas así. ¿Tiene eso que ver con mi presencia aquí? El hecho de que soy un jugador junior de tenis con una buena posición en el ranking nacional que también puede recitar de memoria largos párrafos del diccionario, verbatim, a voluntad, y a quien le suelen pegar y que usa corbata de lazo? ¿Es usted un especialista en chicos superdotados? ¿Significa que creen de verdad que soy un chico superdotado?” (p.37)
Al intentarnos poner en los zapatos de este personaje de niño superdotado hay un cambio entre escritor/narrador/jugador y lector/jugador; cambios que vemos en analogías y descripciones. Como para cachar el calibre del cambio: “(…) ¿Dónde están las fronteras si no son líneas de saque que contienen y dirigen su expansión infinita hacia dentro, lo que hace hermoso e infinitamente denso al tenis, como una especie de ajedrez a la carrera?” (p. 100)
La importancia en la selección de las metáforas y analogías en la lectura de La Broma Infinita radican que la guerra ocurre (también) en el campo de la gramática: “El sindicato de gramáticos teóricos de Cambridge (…). Documental de entrevistas a pie de foto con participantes en el debate público entre Steven Pinker y Avril Incandenza sobre las implicaciones políticas de la gramática prescriptiva durante la infame convención de Gramáticos Militantes de Massachusetts, de la que consta contribuyó a incitar los disturbios lingüísticos del MIT en 1997…” (p. 1098).
Tú sabrás cuándo sobrepasas la línea y deja de ser un juego para convertirse, ahora sí, en la Guerra Final: Y que el deporte juvenil no es más que una faceta de la verdadera gema: la guerra inacabable de la vida contra el yo sin el cual no puedes vivir.
Cuando digo que la novela es un intento de rompimiento de la quinta pared y no de la cuarta pared me refiero a que el escritor David Foster Wallace no tiene contacto con el lector y además no se lee dramatizadamente, como se lee en un pie de página (porque, además, el libro es autorreferencial): “El fallecimiento ocurrió durante la postproducción. La mayoría de las autoridades archiveras la clasificarían como inacabada e inédita… Los archiveros de la Costa Oeste indican (…) «experimentos radicales en la perspectiva óptica y el contexto de los espectadores» que presumiblemente son la característica esencial de LBI (V?)”. (p. 1106)
Y que cierta cita refuerza lo que creo de este libro: “Quién rezaba a diario para que llegara el día en que su propio, querido y malogrado padre se sentara, tosiera, abriera su condenado ejemplar del Tucson Citizen y no lo convirtiera en la quinta pared de la habitación? ¿Y quién tras todo este ruido y esta furia al parecer sólo ha logrado el mismo silencio? (…) ¿que siempre ha vivido toda esta vida dura, atroz e impía en habitaciones de cinco paredes?”. (p. 41)
David Foster Wallace dota al narrador de personalidad; como si el narrador dijera, «eh, yo también tengo mi corazoncito».
La “quinta pared” hace referencia a que el lector sólo sabrá a qué se refieren los capítulos de acuerdo a lo que ha vivido y es medianamente consciente de su contexto socio-cultural. Como dice otro pie de página [me acordé de la película Legalmente rubia, cuando un personaje dice que en tal clase los pies de página son súper importantes, y lo dice de manera amenazante] [mi pasado paréntesis cuadrado es un guiño a lo que sé del autor de la novela, David Foster Wallace, que sabía o tenía estudios sobre los medios de comunicación de masas; y que a su vez hace referencia a lo que escribí al principio de este párrafo: la importancia del contexto y “perspectiva óptica” del lector para poner en movimiento la novela (y saber de qué trata)]:
“…y finalmente, algunos de sus proyectos altamente conceptuales requerían que se les pusiera un título y se les sometiera a la crítica, pero no fueran nunca filmados, haciendo que su estatus como obras de cine esté sujeto a controversia”. (p. 1096)
Por lo tanto, la figura del narrador es muy importante, quien parece que sale y entra de la novela, como cuando en el teatro un personaje rompe la cuarta pared para interactuar con el público y hacerlo parte de la puesta en escena. A continuación una cita que lo comprueba: “…Este Guillaume DuPlessis pasó tristemente a la otra vida, y allí permaneció sentado, en la silla de la cocina, a doscientos cincuenta clics al este de algún follaje otoñal realmente espectacular, durante casi dos días y dos noches…” (p. 73). Como si también pudiéramos ver un poco del contexto del escritor/narrador; tipo, «ya me aburrí y no encuentro un sustantivo adecuado y en el Autocad donde hice la supercasa del canadiense me aparecen tantos clics, ¡ingesu!». (Eso es creatividad).
De esta manera la lectura de La broma infinita se convierte en una guerra inganable en la cual debemos competir forzosamente para poder terminar y entender el libro, y cuyo juego sólo tiene un rival: uno mismo. Siempre y sólo el yo que está ahí, en la pista, y ahí se le debe combatir y a quien se le debe llevar a la mesa para fijar los términos. “El chico rival del otro lado de la red no es el enemigo: es más bien tu pareja de baile. Él te sirve de excusa u ocasión para afrontar el yo. Y tú eres la ocasión de él. Las infinitas raíces de la belleza del tenis son autocompetitivas. Compites con tus propios límites para trascender al yo en imaginación y destreza. Desapareces dentro del juego: traspasas límites, trasciendes, mejoras, ganas. Por eso el tenis es una empresa esencialmente trágica: crecer y mejorar como un junior serio, ambicioso. Intentas liquidar y trascender al yo limitado cuyos límites son los que hacen posible ese deporte en primer lugar”. (p. 100)
En mi caso, como lectora, los términos son: el juego, el entretenimiento, la Guerra y la tecnología.
Y respecto a la tecnología: “El munífico tele ordenador del salón también recibe las diseminaciones espontáneas de la Matriz de Pulsaciones por Suscripción de InterLace, pero los procedimientos para encargar pulsaciones espontáneas específicas son tan tecnológica y criptográficamente complejos…” (p. 45)
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