jueves, 14 de mayo de 2026

Citas sobre escribir, la prensa y el chisme en _El asesino ciego_, de Margaret Atwood

Student newspapers and Magazines at BGSU / Mbrickn / Wikimedia Commons.


  • “Sólo se puede escribir la verdad si se dan por sentado que lo que escribe nunca será leído, que no lo leerá nadie más, ni siquiera uno mismo en fecha posterior. De otro modo, justificarse es inevitable. El que escribe tiene que ver aparecer las palabras como si del dedo índice de la mano derecha surgiese una larga línea de tinta y la izquierda lo fuese borrando.”

  • “Habían tirado al suelo a Elwood Murray, el editor del periódico semanal, heredero de dos generaciones de Murray al frente del mismo; él escribía la mayor parte de los artículos y también tomaba las fotografías. Por suerte, no habían llegado a sumergirlo en el agua, porque se le habría estropeado la cámara, que aunque fuera de segunda mano, le había costado un dineral, como se había enterado Reenie. Le habían reventado la nariz, desde donde me encontraba lo veía, sentado debajo de un árbol, con un vaso de limonada en la mano y flanqueado por dos mujeres que sostenían pañuelos humedecidos.” (p. 216)

  • ¿La pelea tenía una motivación política? Reenie no lo sabía, pero a la gente no le gustaba que Elwood Murray escuchase lo que decían. En tiempos prósperos, se le consideraba, sencillamente, un loco, y acaso lo que Reenie llamaba un «mariquita» —al fin y al cabo, no estaba casado, y a su edad eso tenía que significar algo—, pero se lo toleraba e incluso apreciaba, dentro de los límites que marcaba la decencia, siempre que mencionara todos los acontecimientos sociales y escribiera sin faltas los nombres de quienes participaban en ellos. Pero entonces los tiempos no eran prósperos, y el exceso de curiosidad de Elwood Murray le causaba problemas. No es agradable que escriban sobre todo lo que a uno le ocurre, decía Reenie. Nadie en su sano juicio lo aceptaría”. (p. 216)

  • “De pronto apareció ante nosotros Elwood Murray, otra vez erguido y garboso. Tenía la pechera de la camisa todavía húmeda; sendos círculos rojos rodeaban los orificios de su nariz… «¿Puedo?» antes de tomar una fotografía para el periódico, pero nunca esperaba la respuesta. (p. 220)

  • “—A lo mejor quiere decir que es reportero —apuntó ella—. ¡Un espía entre nosotros! Alex volvió a sonreír y guardó silencio. Padre frunció el entrecejo. Para él, los reporteros eran como alimañas. No sólo mentían, sino que se cebaban en la miseria de los demás: «moscas de los cadáveres», los llamaba. Hacía una excepción con Elwood Murray, porque había conocido a su familia. «Atontado» era el peor adjetivo que se atrevía a aplicar a Elwood.” (p. 232)

  • “Después del pícnic de la fábrica de botones, se publicó en el Herald and Banner el típico relato de los acontecimientos: qué niño había ganado el concurso del bebé más guapo, qué perro se había llevado el premio a la mejor mascota. También lo que había dicho padre en su discurso, muy abreviado. Como Elwood Murray le daba a todo un brillo optimista, parecía que las cosas hubieran sido normales… Aquella tarde, Elwood Murray no había conseguido seguirnos para sacarnos el nombre de Alex. Cuando llamó a casa, se pudo Reenie, quien le dijo que nuestros nombres no deberían mezclarse con el de Dios sabe quién, y se negó a dárselo. Él publicó la fotografía de todos modos, y Reenie se sintió ofendida, tanto por nosotros como Elwood Murray. Le parecía que aquella foto rozaba la impudicia, aunque no se nos vieran las piernas. Le parecía que las dos teníamos una expresión lascivia en la cara, que parecíamos un par de tórtolas suspirando de amor, con la boca abierta de aquel modo y babeando. Habíamos dado un espectáculo lamentable., todos en la ciudad se reirían de nosotras por soñar con un gángster que parecía indio —o peor, judío—, y encima era comunista. —El tal Elwood Murray merecería que le dieran una paliza —dijo—. ¡Se cree irresistible! —Rompió el periódico y lo metió en la caja de astillas para el fuego para que padre no lo viera. Debió de verlo de todos modos, en la fábrica, pero no hizo comentario alguno al respecto.” (pp. 237-238)

  • “Tras dos días de intranquilidad, informamos a la policía y, poco después, a pesar de las precauciones que había tomado Richard, la historia llegó a los periódicos. Los reporteros ocuparon la acera de delante de nuestra casa. Tomaban fotografías, aunque sólo de las puertas y ventanas; llamaban por teléfono; nos suplicaban que les concedieramos entrevistas. Querían un escándalo. «Prominente colegiala de la alta sociedad en un nido de amor.» «Visión espeluznante en Union Station.» Querían oír que Laura se había fugado con un hombre casado, que la habían secuestrado unos anarquistas o que la habían encontrado muerta dentro de una maleta a cuadros con la consigna de la estación. Sexo o muerte, o ambos a la vez; eso es lo que tenían en mente.
    “Richard dijo que teníamos que ser corteses pero aportar la mínima información. Añadió que no era aconsejable ponerse a la prensa en contra porque los reporteros eran más vengativos que las alimañas, te guardaban rencor durante años y te lo hacían pagar más tarde, cuando menos lo esperabas. Él se encargaría de todo.
    “En primer lugar manifestó que yo estaba al borde del colapso y pidió que se respetara mi intimidad y mi delicado estado de salud. Eso hizo que los periodistas se moderaran un poco; sin duda entendieron que estaba embarazada, lo cual en aquel tiempo aún tenía cierto valor, y además se creía que era una situación que embotaba la mente de la mujer. Luego hizo saber que recompensaría cualquier información, aunque no habló de cantidades. El octavo día recibimos una llamada anónima; Laura no estaba muerta, sino que trabajaba en el puesto de gofres del Parque de Atracciones de Sunnyside. El informador declaró haberla reconocido por la descripción de los periódicos… Sin embargo, lo más importante, según Winifred, era que no se filtrase una sola palabra a la prensa. El que una niña de quince años se fugara de su casa como ella lo había hecho no era bueno para la reputación de la familia. Podrían insinuar que la habían maltratado, lo que supondría un grave impedimento. Para Richard y sus perspectivas políticas, quería decir.” (p. 393-395)

  • “La historia sonaba verosímil. La gente se la creyó, o simuló creérsela. Supongo que los Newton-Dobbses debieron de explicar la verdad a una veintena de amigos íntimos —en secreto y tras hacerles prometer que no se lo dirían a nadie—, tal como habría hecho Winifred en su lugar, dado que el cotilleo era un bien como cualquier otro. Pero al menos no llegó a la prensa.” (p. 403)

  • “EL MENSAJE. Ayer estaba demasiado cansada para hacer algo más que permanecer tendida en el sofá. Como ya está convirtiéndose en un hábito sin duda desdeñable, me he puesto a mirar un programa de entrevistas de ésos de cotilleos. Ahora está de moda eso de cotillear. La gente cotillea sobre sí misma y sobre los demás, cotillea sobre todo lo que se le pone tiro y lo que no. Lo hacen guiados por un sentimiento de culpabilidad y angustia, y por su propio placer, pero sobre todo porque quieren exhibirse y los demás quieren ver cómo lo hacen. No me eximo de ello: me encantan esos pecaditos repugnantes, esos enredos familiares miserables, esos traumas tan preciados. Me gusta la esperanza con que se abre la tapa de la lata de gusanos como si fuera un sorprendente regalo de cumpleaños, y luego la expresión de anticlímax de los que observan: las lágrimas forzadas y escasas, el regodeo en la compasión, el aplauso provocado y obligado. «¿Eso es todo? —deben pensar—. ¿No cree usted que esta herida suya en carne viva es menos normal y más sórdida, más épica y más verdaderamente espeluznante? ¡Cuéntenos más! Tal vez entre todos podamos arrancarle este dolor.»
    “No sé qué es mejor, si ir por la vida cargado de secretos hasta que explotas por la presión que ejercen, o que vayan arrancándotelos párrafo a párrafo, frase a frase, palabra a palabra, hasta que al final te quedas vacía de todo lo que en otro momento era para ti tan precioso como el oro en polvo, tan tuyo como tu propia piel —todo lo que considerabas de la mayor importancia, todo lo que te avergonzaba y deseabas ocultar, todo lo que sólo te pertenecía a ti— y tienes que pasar el resto de tus días como un saco vacío sacudido por el viento, un saco vacío con una etiqueta fluorescente para que todo el mundo sepa qué clase de secretos guardabas dentro de ti.
    “No abogo por ninguna opción, para bien o para mal. «La indiscreción hunde al barco», rezaba un cartel en tiempos de guerra. Claro que, más tarde que temprano, el barco acaba hundiéndose de todos modos. (...)” (pp. 543-544)

The Blind Assassin
Traducción: Dolors Udina
Segunda reimpresión (diciembre 2005) de la primera edición (septiembre 2005) de Ediciones B, S. A., 2005 para el sello Zeta Bolsillo. Barcelons, España.

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